martes, 29 de agosto de 2017

Paso Carrasco, crónica de una inundación

El agua comenzó a llegar a media tarde del viernes. El arroyo Carrasco subió medio metro en una hora y la lluvia no cesaba. Los vecinos comenzaron a prepararse para lo peor: abandonar su hogar y tratar de salvar sus pertenencias. La noche no había caído del todo cuando en el lado norte de camino Carrasco algunas familias comenzaron a trasladar muebles, colchones y electrodomésticos. El agua estaba allí, a la puerta de sus hogares y avanzaba.
Los primeros evacuados salieron hacia casas de familiares o amigos, algunos debieron ser auxiliados por grupos de vecinos y militantes de organizaciones sociales y políticas de la zona. Durante toda la noche nadie durmió en esa parte de Paso Carrasco. Con la colaboración de amigos y vecinos, entre ellos el diputado del Movimiento de Participación Popular (MPP), Washington Silvera, las familias sacaban lo que podían de sus viviendas al tiempo que la lluvia continuaba y el arroyo, normalmente un tranquilo curso de agua, se desbordaba y avanzaba hacia la zona poblada.
Así pasaron hasta que el nuevo día llegó. La lluvia había cesado pero el avance del agua no. Esta llegaba hasta la calle Teniente Rinaldi, a tan solo seis cuadras de camino Carrasco, y ya eran decenas las personas evacuadas y muchas casas –manzanas enteras- estaban ganadas por el agua. Durante toda la mañana equipos coordinados por el Alcalde, apoyados por un camión de la Intendencia de Canelones, colaboraron en más evacuaciones al tiempo que alojaron a varias familias en el local del Centro de Barrio del Municipio.
El panorama en la zona inundada era desolador: un hormiguero de adultos y niños, sacaba sus pertenencias, algunos llevaban a sus mascotas, otros lo poco que podían abarcar. Washington, un vecino de la zona quien normalmente se dedica a la venta de tortafritas, recorría el barrio organizando la olla popular para la alimentación de quienes por alguna razón no quisieron ir al Centro de Barrio para no alejarse de su hogar. “Ya tenemos la olla de 50 litros pero ahora nos falta ponerle algo adentro”, dijo al explicar su misión. Se hacía necesario recorrer los comercios y conversar con el frigorífico, para proveerse los alimentos necesarios. Mientras tanto, a su alrededor niños y adolescentes se adentraban en el agua, que en algunos lugares llegaba hasta las rodillas, para colaborar con algún conocido o simplemente curiosear.
Muchos estaban inquietos por la seguridad y se corrían rumores de robos en las casas de las familias evacuadas. “Durante la noche los chorros no estuvieron quietos”, explicaron y esa era una de las razones por la que varios decidieron o bien no abandonar su vivienda o quedarse cerca, por las dudas. Se decía, incluso, que durante la noche una familia cargó todas sus pertenencias en un camión cedido “solidariamente” y cuando estuvo pronto el conductor partió con rumbo desconocido dejándolos sin nada.
A la entrada del Caif Timbó, en la calle Lavalleja, el agua cubría todo. A lo lejos se veía una canoa que llegó hasta la parte “seca” llevando a un muchacho que había logrado sacar una bicicleta. Allí mismo, el improvisado barquero le dijo a un joven, vestido con pantalones deportivos y una campera del Ejército: “mirá que voy para el lado de tu casa”. De inmediato se quitó los championes, las medias blancas, tomó un palo para hacer de remo y se subió a la pequeña embarcación. Ambos se adentraron en las aguas. Más atrás se podían ver otras personas intentando sacar cosas de una casa ayudándose de gruesas placas de espumaplast para flotar y no mojarse.
Pasado el mediodía llegaron baños químicos, para para atender las necesidades de los vecinos evacuados. Fueron distribuidos por toda la zona.
Al promediar la tarde una neblina comenzó a caer y se fue cerrando con el pasar de las horas. El agua se mantenía tranquila pero cubriendo una extensa zona al norte de camino Carrasco.
Llegada la noche los jóvenes del barrio improvisaron guardias en los alrededores de las viviendas vacías para prevenir posibles saqueos.



jueves, 10 de agosto de 2017

Uruguayos que combatieron junto a franceses recuerdan la odisea bélica

Revisando el archivo. Publicado en Ultimas Noticias el sábado 3 de setiembre de 1994. Testimonios de un uruguayo y dos franceses -uno nacido en Montevideo, sobre sus experiencias en la Segunda Guerra Mundial. La entrevista fue hecha en la sede de la Embajada de Francia en Uruguay.

Uruguayos y franceses combatieron juntos colaborando en la liberación de Francia. Sus experiencias forman parte de un rico acervo histórico que a 50 años de la liberación de París es preciso rescatar. Anton Martín Vincent Salaberry, Elías Carrasco y George Lecompte, narraron parte de sus experiencias y compartieron con Ultimas Noticias sus vivencias de una época trágica y dramática.
*Anton Vincent Salaberry es uruguayo, de 75 años, nieto de vascos franceses, jubilado. Fue publicista, gerente de Ímpetu Publicidad, secretario de la gerencia de la Administración Nacional de Puertos (ANP) y secretario de Alberto “Titito” Heber. “Yo viví la guerra desde dos puntos de vista: uno estrictamente guerrero y otro, si se quiere, turístico, porque me tocó visitar veinte países y cuarenta ciudades. Formé parte de la 1ra. División Francesa Libre, que era en realidad la 1ra. División de Infantería Motorizada, estuve con la 13 ½ brigada de la Legión Extranjera”.
“Nuestro desembarco en Francia fue en la Costa Azul. No fue muy difícil, porque el desembarco grande se hizo en Normandía y lo peor se registró solo en algunas playas. Llegamos en un transatlántico desde Italia y desembarcamos con el agua hasta el cuello, todos mojados. Lo primero que liberamos fue un balneario francés llamado Antives, donde veraneaba Winston Churchill. Allí nos recibieron con mucha alegría. En nuestra marcha liberamos Marsella, Toulon, y después avanzamos hacia Lyon, y finalmente Estrasburgo. Llegamos después hasta la frontera con Alemania, donde terminó nuestra campaña en Francia. Nos retiraron del frente francés y nos mandaron de nuevo al Mediterráneo. Allí atacamos Italia por la retaguardia y culminamos la guerra –a pesar de ser una división motorizada- con las ametralladoras sobre mulas y combatiendo con los alemanes en las montañas”.
“Me incorporé a la guerra en Uruguay. Había un Comité de Francia Libre en la plaza Independencia, y yo era muy fanático de Francia, tanto que me puse corbata de luto cuando cayó París. Un día me enteré de ese comité, tenía 21 años. Ahí marché a la guerra.
“Nos embarcamos en un transatlántico, el Avila Star y arribamos a Liverpool en pleno invierno. Llegamos a Inglaterra en diciembre y el 10 de febrero salimos hacia África. En Durban embarcamos en un barco francés que se llamaba Il de France y días después llegamos a Suez. Después a Beitur, donde nos integraron a la Legión Extranjera. En un primer momento sentimos un poco de desazón, pero después de algunos líos con viejos legionarios pasamos a estar cómodos. Poco después nos mandaron a reforzar la 1ra. División Francesa Libre que estaba combatiendo en el desierto con las tropas inglesas.
“Al finalizar la guerra estuvimos en París por casi dos meses, haciendo turismo. Finalmente en setiembre del 44 nos embarcaron para Uruguay y llegamos en medio de una gran recepción popular. Nos recibió el presidente (Juan José de) Amézaga en la Casa de Gobierno.
*Elías Carrasco es francés, nacido en Marsella. Representa firmas francesas de comercio exterior. Hace 47 años que vive en Montevideo.
“A la guerra le sentí el peso desde que era niño. Empecé a vivir la preguerra cuando iba a la escuela y sentía los rumores del conflicto español. Oía a mis padres y a mi abuelo materno hablando de política y de la guerra. Crecí escuchando eso.
“Mi abuelo siempre le decía a mi padre que iba a venir una segunda guerra mundial y va a empezar aquí, decías y señalaba con el dedo la hoja de diario con un mapa. Vi que decía España. Recuerdo que en la escuela adoptamos huerfanitos españoles cuyos padres habían muerto y se quedaron sin nadie.
“Después, entre 1939 y 1940 vimos como los soldados se iban al frente a combatir, pero al poco tiempo vino el armisticio y la ocupación. Y fue muy duro. Sobre todo el día en que nos sacaron la bandera francesa y pusieron la del ocupante.
“Cuando desembarcaron los canadienses en Dieppe yo trabajaba de peón de albañil en una unidad de los alemanes, y era un jolgorio. Nos olvidamos de nuestros sufrimientos y sentimos que algo pasaba. Era tan cerrada la opresión, tan grande, que teníamos ansía de tener noticias del de tener noticias del exterior, pero si escuchábamos la BBC de Londres íbamos presos porque estaba prohibido. De todas formas trascendían algunas cosas, supimos del desembarco en Dieppe y allí empecé a ver un rayo de luz.
“Es más, no me acuerdo durante la ocupación de haber visto un día con sol. Un día soleado bajo la ocupación yo no me acuerdo. Vi el sol el día que me dijeron del desembarco en Dieppe, después cuando el de Normandía. Durante el atentado contra Hitler, presenciamos como los alemanes se arrestaban entre ellos. Eso fue fabuloso. Lo disfrutamos.
“Pero cuando se venía la liberación me transformé en un insurrecto. Conseguí un arma y me junté con los maquisard que estaban liberando Francia y estuve en alguna escaramuza.
“Luego vinieron los soldados aliados. En el momento en que llegaban los soldados nuestros, los americanos, los ingleses y algunos rusos, … bueno, si en ese momento me daban un arma y me mandaban a hacer cualquier cosa, la hubiera hecho por ellos, porque se merecían todo, todo. Esa gente se merecía que uno hiciera mucho por ellos, porque terminaron con el suplicio de tantas horas y años de oscuridad.
“Yo sentí veneración por esa gente que dijo no y se alzó en armas, y por otros que lucharon por la liberación de los países ocupados. Los uruguayos nos ayudaron mucho. Fueron a combatir para liberarnos. Yo quiero al Uruguay, aquí la gente tiene un alto sentido humanitario. Aquí superé los rencores de la guerra.
*George Lecompte tiene 69 años. Es jubilado de Industria y Comercio. Es francés pero nacido en Montevideo.
“Me uní a la Marina de Guerra de la Francia Libre en Inglaterra a la edad de 18 años. Lo hice a través de las autoridades francesas que estaban en Montevideo –mis padres se radicaban allí-, y me embarqué en 1942 en un barco mercante. Ingresé como marinero de segunda y luego de algunos cursos terminé como segundo de una flotilla de barreminas. La vida en el mar la hicimos protegiendo convoyes. O sea que protegíamos los barcos mercantes puesto que los abastecimientos y transporte de tropas se hacían fundamentalmente a través del mar.
“En comparación con los adelantos actuales, en aquella época no teníamos prácticamente nada. Recién se empezaba a usar el radar y lo ue ahora se llama sonar, y que en aquel tiempo se llamaba Asdic. Pero eran muy pocos los barcos que lo tenían instalado, razón por la cual todo se hacía a simple vista. La vigilancia se hacía con vigías instalados en el palo mayor.
“Recuerdo que estando en Casablanca nos enteramos de la liberación de París, cosa que se festejó ruidosamente. “Posteriormente, con unos barreminas que nos cedió la Armada Británica, nos dedicamos a limpiar de minas toda la costa francesa.
“La vida en el mar era muy dura, puesto que a veces se pasaban meses sin tocar puerto ninguno. Lo fundamental era estar muy unidos. Nadie podía fallar, desde el capitán hasta el último marinero.


sábado, 4 de marzo de 2017

Haciendo cola (fila) en Montevideo


Se dice que el viejo socialismo soviético era una especie de reino de las colas. Había que hacer cola para todo -al punto que un chiste polaco -otro país que vivía en medio de las colas- decía más o menos, que mientras Iv{an Yuri o Vladimir, o como quiera que se llamara, estaba en el espacio, su esposa estaba haciendo la cola para comprar el pan. La cosa que había que tomarse las cosas con calma y hacer la correspondiente fila: para comprar una bebida, en la panadería, para obtener vivienda...
En Cuba vi algo parecido, había cola para todo. Desde comprar el pan -de mañana- hasta para adquirir el aceite, ni hablar de entrar a un restaurante.
Pero eso, salvo en Cuba, parece que ya se terminó. No sé, nunca estuve ahí y me guío por lo que dicen los periodistas, que si parece que estuvieron allí, aunque en realidad nunca pisaron Moscú.
Ahora, Uruguay no es un país socialista, pero se ha ido transformando en un país de colas.En un solo día uno puede hacer la cola en el Abitab de su barrio, donde cinco, diez o quince personas van ha pagar o cobrar y aprovechan para plantearle cualquier tipo de problema a los funcionarios. Ni hablar los días de cobro donde los jubilados cuentan y acomodan el dinero en la ventanilla impidiendo que quién está haciendo la cola pueda acercarse, con la consiguiente perdida de tiempo. Después de Abitab uno se va al supermercado y de cinco cajas están funcionando dos. Y bueno, hay que hacer la cola.
Ya con la compra hecha uno se va a la oficina de la UTE para aprovechar el tiempo y hacer el trámite que ha dejado por hacer en más de una vez. Al llegar a la oficina se encuentra con una larga cola ante el mostrador de informes, ese filtro diabólico por donde uno pasa obligatoriamente para pedir un número, pero donde otros se detienen para preguntar y plantear cualquier cosa, como con la intención de que allí les resuelvan el problema. Hecha la cola y con el número, ha esperar que lo llamen. Esto tiene al menos la ventaja de que se puede esperar sentado.
Ni hablar d las colas en la UTU para anotar a los muchachos, esas que se arman en la madrugada anterior y duran todo el día y al final uno ve que careció de sentido ya que ho hay lugar y habrá que esperar.
En fin, colas para todo. Pese a las computadoras y el Plan Ceibal los uruguayos no se salvan de hacer cola para un trámite o para adquirir o pagar algo.

jueves, 12 de mayo de 2016

Identidad, patrimonio y símbolos




Hablar de patrimonio muchas veces queda circunscripto a los especialistas. Por lo general es la academia la que termina dando su opinión, muchas veces inapelable. Ante el patrimonio de la ciudad -tanto material como inmaterial- se espera siempre la opinión del arquitecto para explicarnos acerca de los valores, o la carencia de estos, de algún edificio. Si se trata del patrimonio inmaterial, vienen los músicos, los plásticos y otros artistas a dar su opinión. Falta siempre, pero siempre, la opinión de la gente. La de aquellos que tienen una visión distinta, Ni mejor ni peor, distinta. Basada muchas veces en la convivencia durante generaciones junto a algún bien, muchas veces ni siquiera un edificio, sino algo que se convierte por la fuerza de la costumbre y la tradición de una zona o grupo humano, en un símbolo. Y de eso se trata el patrimonio para el común de los mortales. Y un símbolo, se sabe, tiene más valor que el que pueda conferirle cualquier opinión.
Tiempo atrás, durante el segundo gobierno de Julio María Sanguinetti, y la primera administración de Mariano Arana al frente de la Intendencia de Montevideo, se comenzó a construir la Torre de las Telecomunicaciones. Los vecinos de la zona iniciaron una movilización en defensa de una antigua chimenea perteneciente a una fábrica cerrada. Era una chimenea. Nada más ni nada menos. Los opositores decían que se trataba de un grupo de nostálgicos ciegos ante el futuro, unos viejos que se niegan a mirar para adelante y otras cosas por el estilo, Incluso insultos, Porque insultos siempre hay en estos casos. Los vecinos alegaban: la chimenea siempre había estado allí.
Una mañana fui a hacer una nota con los vecinos, hablar con ellos para saber la razón para defender una chimenea. Al principio me costó entender. Luego lo comprendí: era un símbolo. Un símbolo de la identidad del barrio. De esa identidad que diferencia a La Aguada de la Ciudad Vieja por ejemplo, a La Unión de Pocitos. Cada zona de la ciudad, del departamento y del país tiene su identidad. Y esa amalgama de identidades crea una identidad plural de rico valor cultural.
Eso pasa con el edificio de la vieja confitería Cante Grill de la avenida 21 de setiembre. Ese edificio, construido por el arquitecto Humberto Pitamiglio, que recuerda a un castillo medioeval, no tiene valor arquitectónico según un arquitecto de la Comisión de Patrimonio. Puede ser. No soy arquitecto. Se dice que el maravilloso edificio del banco República en la Ciudad Vieja, tiene serias imperfecciones en la parte de atrás. Puede ser. Eso no es lo que importa. El edificio de la confitería es un símbolo. Así lo sienten los vecinos y las personas que se movilizaron para impedir su derrumbe. Situación que según la comuna está lejos de ser real, aunque para prevenir la administración de Daniel Martínez decidió una medida cautelar para proteger la construcción.
Tal vez haya llegado el momento de que ciudadanos comunes, vecinos, conocedores de los lugares y tradiciones de los barrios y lugares de la ciudad y del país, integren, aunque más no sea como asesores los organismos encargados de la preservación del patrimonio, como la propia Comisión de Patrimonio. Serían una voz distinta, una opinión para ampliar la pluralidad.



martes, 23 de febrero de 2016

Los tranvías del Fernando García, un atentado al patrimonio

A mediados de 1980 el intendente de Montevideo, Oscar Víctor Rachetti, firmó una resolución para retirar los tranvías que estaban en exhibición en el Museo Fernando García, en camino Carrasco. Estos coches fueron depositados en ese predio a comienzos de los años 60 poco tiempo después de ser retirados de la circulación. Su destino fue el desguace. Las razones del intendente para adoptar esa medida nunca fueron aclaradas.
Los tranvías, que habían pertenecido a la Administración Municipal de Transportes de Montevideo (Amdet), eran seis eléctricos y uno de caballos. Se trataba de los coches 159, el último que circuló por la línea E -conocido como "tranvía de la barra" por ser su destino la barra del Santa Lucía-, 200, 370, 595, 599 y 881, además del 72, de tracción a sangre.
El 595 había sido retirado 1967 para ser utilizado en la línea histórica por la calle Carlos Gardel. Esta funcionó hasta 1974 cuando fue retirada por disposición del intendente Rachetti. El mismo jefe comunal fue quién encabezó el proceso que terminó con la desaparición de Amdet.
Una vez retirados, los tranvías fueron transportados a la Estación Goes donde estuvieron depositados hasta su desguace.
Rachetti había sido electo intendente en la fórmula Bordaberry-Sappelli-Rachetti, en 1971, tiempo en el que todavía se votaba a los intendentes en la elección presidencial. Siguió en el cargo luego del golpe de Estado del 27 de junio de 1973 y fue sustituido en enero de 1983 por Juan Carlos Payssé.
Nunca respondió por nada y falleció todavía con el respeto de algunos sectores de la sociedad. Fue, y nunca lo n
egó, un hombre de la dictadura.

viernes, 22 de enero de 2016

Para una casa sin nombre



Lo extraordinario suele convivir con lo normal, lo rutinario, en una dinámica que por lo general no advertimos. La rutina diaria tiende a transformar en habitual a todo aquello que por sus características no encaja dentro de las normas y convenciones, ya se trate de personas o cosas. Pero un día, como sin quererlo, levantamos la vista y lo extraordinario, lo extravagante, lo original, aparece ante los ojos, disipando la niebla de la rutina. Eso pasa con la casa de Carmelo Vergalito, afincado desde hace décadas en Paso Carrasco, Canelones, quién construyó su vivienda con artículos reciclados, con una originalidad que le valió entre otros reconocimientos el del proyecto Arte Otro Uruguay, auspiciado por el Ministerio de Educación y Cultura (MEC) y que ahora forma parte del paisaje de esa zona de Canelones, a pocos metros del bosque majestuoso que forma el parque Roosevelt.
Esta vivienda, obra de un aficionado -don Carmelo era pintor no constructor-, es un verdadero laberinto de pasajes, escaleras, pequeñas habitaciones y grandes espacios, con el marco de exteriores adornados por millares de trozos de cerámica multicolor, balcones, miradores y hasta una piscina en la terraza. Para los vecinos es la obra de un excéntrico, un “viejo loco”, un extravagante, un soñador, un visionario y es posible que algo de eso, o un poco de cada cosa, albergue el ánimo de este vecino.
Carmelo llegó a Uruguay en 1947, cuando tenía 22 años, procedente de una Italia devastada por la guerra en donde la pobreza y el hambre eran lo corriente. Era el menor de varios hermanos dedicados a trabajar la tierra, pero como era inquieto su horizonte iba más allá de esta tarea y un día emprendió el viaje que lo trajo al Río de la Plata. Aquí trabajó en varias actividades, en una quinta y fue pintor de casas, oficio que le permitió abrirse camino. “Yo fui un privilegiado en este país”, afirma al recordar los años en los que vivió en el Centro, en los que aprendiendo un oficio que le permitió ganarse la vida y en el que conoció desde grandes edificios a pequeñas casas.
Le debo la vida a cuatro personas: a un tío que me vendió el primer terreno que compré, y donde hice mi primer casa; al chofer del dueño de la quinta donde trabajé por 1952 que me dio consejos para el trabajo; a un paisano que me enseñó los rudimentos del oficio y a otro con el que logré los mejores trabajos, los que me permitieron salir adelante”, resumió al recordar sus años en el país. Esos pasos le fueron abriendo camino. Su primer vivienda, en San Martín y Aparicio Saravia, donde incluso construyó apartamentos para alquilar, ya tenía elementos de originalidad.



UNA CASA SIN NOMBRE
La casa de Paso Carrasco comenzó a construirla a mediados de los años 70 en un terreno ubicado a pasos del Parque Franklin Delano Roosevelt, una zona que por ese entonces era de campos con pocas construcciones. No hubo planos. Cada tanto tiempo, al terminar el trabajo, comenzaba una nueva habitación, un nuevo agregado, hasta llegar a lo que es hoy, un modelo sin terminar y en crecimiento.
En su casa están presente los elementos que para él constituyen su arte. Originales. “Si siempre repetimos las cosas entonces no hay arte. Si se copia no es arte”, sentencia, mientras va recordando algunas de las cosas que le dan originalidad a su vivienda, desde una piscina en la terraza a un auto, estacionado en el patio, con dos pisos. Una estatua, portones de hierro trabajado, parabrisas de automóviles, todo mezclado sin orden ni concierto. “Después que los vecinos y conocidos se enteraron que iba comprando cosas para la casa me empezaron a ofrecerlas, pero a veces se trataba de cosas inservibles, porque no es cuestión de poner cualquier objeto. Debe que tener una utilidad. Hay que saber utilizar lo que se tiene, lo que se descarta”, señaló.
Recordó que la construcción la comenzó a base a trabajos que fue haciendo con el tiempo, en particular en su oficio de pintor. “Empecé a comprar materiales para hacer una casa con plano económico. Esa era mi intención. Pero las cosas fueron cambiando. Empecé a hacer una piezas en el fondo, para alquilarlas y así sacar una renta “, precisó.
La gente tira muchas cosas y yo las guardo, porque es algo que en algún momento voy a usar”, indicó sobre los materiales empleados para construir la finca. Esta tiene 25 habitaciones distribuidas en dos plantas a las que se accede por un enorme portón de hierro que conduce, al frente a un corredor y un garage, a su vez conectado con la casa. Y a la izquierda directamente a la vivienda. Dos grandes habitaciones, con enormes muebles sorprenden al visitante, más allá salas de diverso tamaño, escaleras, altillos, terrazas, pasajes, un patio y un mirador, constituyen un verdadero laberinto. Las paredes están tapizadas de formas geométricas y los pisos lucen diseños de diversos tipo realizados en base a millares de trozos de mármol o cerámica de diverso tipo, tamaño y color.
Hay gente que me pregunta porque hice eso, pues, la verdad que no lo sé. Lo hice. Traigo lo que encuentro y lo empleo para algo útil”, explicó. Carmelo compraba cosas usadas, de todo tipo. “Todo es usado en esta casa. Todo. Puertas, ventanas, algunas cosas tiene un valor importante, a otras les he dado valor por el uso y la aplicación que tienen”.
No se si es arte. Si uno mira, por ejemplo los monumentos de los héroes, siempre a caballo, ya no es arte. Desde el monumento a Julio César siempre están a caballo, se reitera la misma idea”, concluye.




La casa de Vergalito tuvo un reconocimiento años atrás al ser incluida en el proyecto Arte Otro Uruguay, que contó con los auspicios del Ministerio de Educación y Cultura (MEC), una iniciativa dirigida por Pablo Thiago Rocca que se proponía el relevamiento de obras de arte en el campo de la plástica consideradas fuera de los cánones de la alta cultura o la cultura erudita.


martes, 14 de julio de 2015

El ojo del extraño, ciencia ficción en el parque Rivera



La década de los 60 fue prodiga en creaciones cinematográficas y literarias sobre ciencia ficción, acompasadas con un extraordinario desarrollo de los viajes espaciales y el avance tecnológico. Cientos de filmes de clase B, centenares de historias y comics llevaron a un enorme público ávido de aventuras a viajar por los confines del espacio, al contacto con civilizaciones del cosmos y a defenderse de invasiones extraterrestres. 2001 odisea del espacio, Solaris, Robinson Crusoe en Marte y cientos, o tal vez miles de películas llenaron las salas de cine de todo el mundo y sus productores buscaron locaciones por todo el orbe, fuera de los estudios, para representar esos mundos remotos o nuestro propio planeta visitado por alienígenas. En Uruguay también...
El parque Rivera, Atlántida, el lago del Parque Rodó fueron algunos de los lugares donde un equipo de filmación uruguayo trabajó para rodar El ojo del extraño, un cinta de ciencia ficción sobre un contacto extraterrestre. El filme fue producto de la iniciativa de un grupo de inversores estadounidenses interesados en integrar paquetes con películas producidas a bajo costo, pero con la calidad de la clase B, para distribuir en su país. Mario Raimondo, quién participó de la filmación como camarógrafo, en su obra Una historia del cine en Uruguay cuenta que los estadounidenses le dijeron al cineasta Daniel Arijón que la película podría funcionar siempre que “este hablada en inglés y tenga el nivel de calidad de una película de clase B norteamericana, tendrá buenas posibilidades de ser adquirida”.
El filme cuenta la historia de un extraterrestre cuya nave cae en la Tierra, en el mar cerca de la costa de un país innominado. Un periodista anuncia por la televisión las declaraciones de un hombre que dice haber visto caer al mar un bólido proveniente del espacio. De inmediato diversas fuerzas se ponen en marcha para para localizar el objeto. En forma simultánea en una iglesia cercana una solitaria feligresa -Patricia- es sorprendida por un extraño (Luis Elbert) vestido de negro y con la cabeza cubierta por un casco que le habla por telepatía y le pide ayuda. Le explica que cayó desde el espacio por un accidente, que destá siendo perseguido y necesita ayuda para volver a su nave.
Así comienza una aventura que lleva a la pareja por distintos caminos para llegar hasta el mar. Son perseguidos por la policía, los militares, en un periplo que incluye el uso de helicópteros, perros, la caballería y hasta tanques. Finalmente llegan al mar y el extraño logra llegar a su nave y partir hacia su lejano mundo.
La persecusión incluyó locaciones tales como el parque Rivera, convertido en un bosque brumoso, el lago del Parque Rodó y las canteras. Se movilizaron cientos de extras así como un destructor de la Armada, un helicóptero de la Fuerza Aérea, unidades de caballería y de tanques, en un esfuerzo de producción nunca antes realizado en el país.
Lamentablemente el filme no fue estrenado. Problemas con la calidad de la película empleada impidieron un producto de calidad y la retirada de los inversores, parece que un poco cansados de esperar, hicieron abortar el proyecto.
El ojo del extraño (Uruguay, 1962). Director: Daniel Arijón. Protagonista: Luis Elbert. Rodada en blanco y negro.

Paso Carrasco, crónica de una inundación

El agua comenzó a llegar a media tarde del viernes. El arroyo Carrasco subió medio metro en una hora y la lluvia no cesaba. Los vecinos com...